Con el timón de la Cruz y sobre el navío de plata surcas Tú toda Sevilla en tus ojos reflejada.
Ya suenan, no muy lejos esas doce campanadas que marcan a tu regreso, al entrar en madrugada, ese olor a Viernes Santo que se destila en tu plaza.
Quiebra entre silencio el aire cuando la saeta canta pues fija todos los ojos, clava todas las miradas en quejíos de dolor bajo el crujir de la rampa que encoge los corazones y ahoga el grito en la garganta mientras Sevilla se mira mirándote la mirada, lanzando un postrer suspiro… Una última plegaria:
“¡Ay Señor de la Pasión! Cuida de mi, de mi alma. La vida no es conclusión. Que al final mi corazón renacerá en tu morada.”